Escenas de arena y sal (y 2)

 

- Mamá, ¿Qué hacemos con la barca?

- Haz lo que quieras, pero a Madrid no se viene.

- ¿Por qué? Yo quiero tenerla en casa por si vamos a la piscina de los primos.

- Si entra la barca en casa yo me salgo.

- Puedo guardarla debajo de la cama, allí no molesta.

- Sí, otro trasto más. He dicho que la barca se queda aquí. Ahora termina de guardar las cosas en la maleta y no te olvides nada.

- Mamá, ya he hecho la maleta y me queda hueco para meter la barca. ¿La desinflo?

- Vamos a ver Pablo, de la frase “la barca no viene”, ¿qué es lo que no entiendes?

- Bueno, pues el año que viene me compras otra.

- Sólo si te lo ganas durante el invierno.

Los bultos se van bajando al descansillo del bloque de apartamentos. Una bolsa de Carrefour llena de chanclas contrasta con la uniformidad del juego de maletas.

Un taxi se acerca dubitativo. Desde fuera uno puede creer que no encuentra el número de la calle, desde dentro uno se plantea huir ante tanto equipaje que cargar.

 

- A la estación de tren, por favor.

- ¿Se acabaron las vacaciones?

- Sí, se acabaron.

 

Quedan restos de arena en las maletas, en la ropa, en el pelo. Les acompañarán en su viaje de vuelta y puede que un día, muy en invierno, las yemas de los dedos froten con incredulidad lo que parece ser playa. Entonces, vivirán una paradoja espacio-tiempo.

Escenas de arena y sal

 

 

-          “Qué suerte, vacaciones. Qué suerte, vacaciones”. ¡Ja! Una mierda vacaciones. A mí me gustaría verles aquí, todo el día trabajando como una esclava.

-          Mamá, nos bajamos a la playa.

-          De eso nada. No vas a bajar así que se te ve todo. Ese bikini es de hace dos años y se te salen todas las tetas. Tú no bajas así.

-          Pero mamá, qué culpa tengo yo de que me hayan crecido tanto este año.

-          Pues coge una parte de arriba mía, pero así no bajas que se van a poner todos como locos. Y aquí son bastante burros.

-          Pues peor sería que hiciera topless, como una que yo me sé.

-          Si lo dices por aquella vez, estábamos en familia y nadie me veía. Pero aquí abajo, entre tanto primate no se me ocurre enseñar las tetas. Ponte mi bikini.

-          Bueno, pero el verde no que es muy hortera, el azul.

-          El que tú quieras pero te tapas.

-          ¿Así le parece mejor a la señora?

-          Sí, mejor. Y esta tarde te compro un bikini. Cógete a tus hermanos y bajaros que en un rato voy yo. A ver si termino de limpiar y dejo la comida medio acabada.

-          ¡Pablo, Óscar! Venga, coged vuestras cosas que nos bajamos.

-          Mamá, ¿me vas a dejar un día hacer topless?

-          A que te doy con la fregona.

-          Ja, ja, ja. Que no, que es una broma. Si además me muero de vergüenza.

-          Venga, abajo todos. Dejadme un poco tranquila, que falta me hace.

Bienvenido a Ecuador, Don Pablo.

- Bienvenido a Ecuador, Don Pablo.

- Gracias Rosana.

- ¿Ha tenido buen viaje?

- Salimos con retraso de Madrid. Me costó dormir en el vuelo pero al final lo logré.

- Bueno, pues bienvenido. Mi hermano Lucas está con el carro en el aparcadero. Vamos para allá. Déjeme llevarle la maleta.

- No, Rosana, no. Yo la llevo.

- ¿Y la señora? ¿Cómo está?

- Paloma está muy bien. Triste porque me haya tenido que venir, pero esperamos que sea poco tiempo.

- ¿Y las gemelas? ¡Tienen que estar ya muy mayores!

- Pues sí. Tú te fuiste hace dos años y en noviembre ya cumplen 10. Muy mayores y muy guapas. Han hecho un dibujo para ti que luego te doy.

- ¡Qué pena todas las noticias que vienen de España! Ayer vimos en el noticiero las manifestaciones en Madrid y todos esos carros ardiendo. Está muy peligroso, ¿verdad?

- Sí, la situación es insostenible. Lo mejor es estar en casa y salir solo lo necesario.

- Aquí las cosas son distintas. Ya lo verá usted. No somos ricos pero tampoco vivimos mal. Por lo menos hay trabajo.

- Sí, trabajo. Eso es lo que no hay en España.

- Bueno ahí está Lucas. Le he hablado mucho de usted y lo bien que me cuidaron cuando vivía con ustedes. Les está muy agradecido.

- Sí, ya sabes que te queríamos mucho. A las niñas les costó acostumbrarse a tu ausencia y ya no hemos tenido a nadie en casa.

- Bueno, cuando usted esté instalado salimos un día al Parque Central y nos hacemos unas fotos para mandárselas a las niñas.

- Sí, en cuanto me instale.

- Ahora lo importante es el trabajo. Lucas le dirá dónde tiene que presentarse mañana para la entrevista. Un amigo le ha dicho que les ha gustado mucho su currículum, así que es probable que le contraten. Aunque ya sabe que será ilegal hasta que arreglemos los papeles.

- Sí, sí, ya lo sé.

Ojos abiertos y ojos cerrados

 

-          ¿Qué te pongo de cena?

-          No sé, no tengo mucha hambre. Luego tomo algo antes de ir a la cama.

-          ¡No! Ayer me dijiste lo mismo y luego no cenaste. Tienes que estar bien alimentada para aguantar la medicación. ¿Qué te traigo?

-          Bueno, si quieres me puedes pelar una manzana y me la voy comiendo poco a poco.

 .

.

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-          ¡Mario, corre, ven! Mira lo que están diciendo en las noticias. Parece que una universidad de no sé dónde ha probado una nueva medicación en  ratones y se han curado.

-          Ya, pero eso son ratones. Como son más pequeños tienen cuerpos más simples que nosotros. No te creas todo lo que oyes.

-          Si no me lo tengo que creer, es que lo han dicho. Mira que si sacan algo que me cura.

-          Cariño, pueden pasar años hasta que se vende una nueva medicina. A veces no llega nunca a las farmacias.

-          Bueno, pero yo no quiero pensar que está todo perdido.

-          No tienes que pensar en lo peor, pero tampoco te agarres a noticias que no han sido comprobadas porque te haces ilusiones y luego lo pasas mal.

 .

.

.

-          ¿Te imaginas?

-          ¿El qué?

-          Que inventan algo y me curo.

-          Toma, tu manzana y un vaso de leche.

Cinco minutos

Los cinco últimos minutos se estiran como un chicle.

Mientras el profesor trata de ofrecer un cierre digno al tema, las piernas de los críos se empiezan a agitar.

La expectación comienza por los bancos del fondo. Allí unos y otros se retan: “Os vamos a panear” dice uno. “Tú no le marcas un gol ni al arcoíris” le responde otro.

Las mesas delanteras van poco a poco alimentando el bullicio. El profesor manda callar con la excusa de que ya está terminando.

Los cuerpos se van ubicando en el filo de la silla, al borde del abismo. Los cuadernos y los libros se cierran aunque no haya terminado la clase. Los lápices al estuche. “Dame la goma que la voy a guardar”.

El reloj que preside la clase parece haberse estropeado. El minutero no se mueve.

- ¿De qué es tu bocadillo?

- De mantequilla con azúcar.

- Si me dejas un mordisco te doy una mandarina.

- No me gustan las mandarinas.

El profesor claudica:

- Para el próximo día hacéis los ejercicios del 6 al 10.

- ¿Inclusive, profesor?

- Todos. Del 6 al 10.

- ¿Podemos salir ya?

- Esperad a que suene el timbre. ¡Castro, siéntate hasta que suene el timbre!

El balón ya está sobre la mesa. Alguno se vuelve y busca la mirada cómplice de quien será su compañero en el partido.

Sólo murmullo y ese sonido metálico del papel que envuelve las viandas. Nada más.

Cinco, cuatro, tres, dos…uno. Suena el timbre. Comienza el recreo.

Periodista accidental

Cuando se viaja en coche es obligatorio llevar a los perros bien sujetos.

Un frenazo sobresaltó a Raspa quien de repente se encontró a los pies del pequeño Jaime sin saber cómo había llegado hasta allí.

El otro Jaime, el mayor, anunció con desesperación: Atasco. Ya empezamos.

- ¿Cuánto llevamos? – Preguntó Clara

- Pues nos quedan unos 300 kilómetros.

- Siempre nos pasa lo mismo. Todos salimos a la vez de Madrid.

- Sí, pero este año con la crisis esperaba que hubiera menos follón.

En cuestión de segundos el coche pasó a convertirse en un punto más de una inmensa fila multicolor que apuntaba al mar.

- Papá, Raspa ha vomitado un poco.

- Debe ser por el frenazo. Se habrá mareado.

Jaime encendió la radio para escuchar la información del tráfico. Iba pasando de una emisora a otra sin llegar a captar ninguna con un sonido suficientemente nítido. Noticias locales, deportes, publicidad de tiendas de barrio. Nada que le pudiera servir para hacerse una idea de la magnitud del atasco.

En ese afán por conocer su situación actual Clara se desenganchó el cinturón y se bajó del coche. Allí no pasaba nada más que cientos de vehículos hacían cola disciplinadamente sin saber por qué.

Un sonido lejano llamó la atención de Clara. Volvió su cabeza y allí detrás, al fondo, pudo adivinar las luces sincopadas de una ambulancia con una sirena atronadora que rompía con una tediosa sinfonía de motores al ralentí.

El vehículo sanitario, significativamente más grande que el resto, se abría paso poco a poco con destreza y decisión. Los coches se iban echando a un lado como un carrusel de piezas de dominó ante el embate de la que le precede.

Jaime no esperó a que llegara la ambulancia hasta su punto de observación. Se fue hacia la cuneta y por allí pasó la sirena en su punto álgido.

- Pues es un accidente.

- Mejor. A ver si despejan pronto la carretera.- Dijo Clara.

- Parece que esto se mueve. Ponte el cinturón.

- A ver si es verdad.

- Papá, huele al vomitado de Raspa. Qué asco.

Jaime empezó a evadirse del interior del coche y ausente de su familia buscó las luces que señalizarían el accidente. No tardó en divisar a varios vehículos con luces azules y la ambulancia anterior que daba un toque amarillo de efecto estroboscópico al paraje más yermo de la meseta.

Unos segundos después, un coche volcado dejaba escapar un pequeño riachuelo de aceite y líquido anticongelante que serpenteaba por entre los cristales que antes fueron un parabrisas.

- ¡Jo, vaya leche! – Dijo el pequeño Jaime.

- Sí, parece que ha sido gordo.

Ya a unos 50 metros del accidente, un guardia civil iba ordenando el tráfico intentando infructuosamente que recuperara algo de fluidez.

Desde su privilegiado asiento, Jaime pudo ver con claridad cómo las asistencias sanitarias se afanaban en reanimar un cuerpo inerte. Un masaje cardíaco compulsivo sobre el pecho desnudo de un hombre trataba de devolver actividad a una vida extinta.

- ¡Dame el móvil! ¡Corre, dame el móvil! – Imperó Jaime a Clara.

Jaime comenzó a manipular su móvil a la vez que manejaba el coche para que se acercara con lentitud al espectáculo que se había creado en mitad de la nada.

Los sanitarios acababan de dar por inútil su trabajo de reanimación y se incorporaron dejando al descubierto a un hombre maduro y robusto. Su cabeza calva y ensangrentada contrastaba con un pecho descubierto fláccido, hirsuto y pálido, de esos que necesitan largas horas de sol para broncearse.

En ese preciso momento, cuando los sanitarios procedían a cubrir el cuerpo con una manta de aluminio naranja Jaime sacó el teléfono por la ventanilla y comenzó a hacer fotos de manera apremiante.

El guardia civil que controlaba el tráfico le impelió varias veces que continuara conduciendo. Cuando éste se iba a acercar a Jaime a increparle, le dio el teléfono a Clara y aceleró. No miró hacia atrás ni una sola vez.

- Valencia allí vamos. En tres horas estaremos probando un arroz a banda.

Y así fue. Tres horas después, frente al mar, en un restaurante de playa, Raspa corría, el pequeño Jaime guerreaba con su Nintendo, Clara buscaba el sol para ganar un poco de color y Jaime tuiteaba la foto del cadáver con el epígrafe: “accidente camino de Valencia”.

Tengo alma de periodista, pena que no lo estudiara, pensó.

A los tataranietos que no tengo

Estimados descendientes:

Soy vuestro tatarabuelo que os escribe esto con un siglo de antelación. Si podéis leerlo es porque ni lo del cambio climático ni el Apocalipsis maya fue para tanto. Así que supongo que debo daros la enhorabuena y las gracias por seguir ahí haciendo a mis genes inmortales.

En los años que vivo yo, la ciencia y la tecnología han avanzado mucho. Por ejemplo, he pasado de tener una televisión en blanco y negro con dos canales a llevarla en el bolsillo. ¿Que no sabéis que es una televisión? pues preguntad a los más viejos y que os lo cuenten, yo tuve que explicar a mis hijos en una clase improvisada de arqueología lo que era una cinta de cassette.

Como decía, la ciencia habrá avanzado mucho y es posible que se haya inventado una máquina del tiempo. No dudo de que en el Siglo XXII estéis muy a gusto, pero si me hacéis caso podréis llegar a ser muy felices.

Os propongo un VIAJE AL PASADO. Será muy fácil, como ir a un examen con las respuestas aprendidas y sacar un sobresaliente. ¡Ah! ¡No sabéis lo que es un examen!

Prestad atención.

Contratad el servicio de regreso al pasado e iros a España (o Spanien, si es que finalmente superamos la crisis de 2012), a 1980, por ejemplo. Tomaos unos días para acostumbraros a este mundo gris. No os desesperéis todo cambiará a color, especialmente para vosotros.

Lo siguiente es que mantengáis en mente estas directrices:

  • Comprad varios pisos por el Barrio de Salamanca. Hacia el año 2005 vendedlos. No esperéis a 2006 que os los tendréis que comer con patatas.
  • Abrid una pequeña tienda de ropa (no es necesario que tenga actividad), ponedle de nombre Zara.
  • Si en 1982 compráis el primer ordenador personal Spectrum, no penséis en guardarlo con la idea de que con el tiempo valdrá un pastón. ¡Mentira! Cientos de miles pensarán como vosotros y ocupará un precioso espacio en el armario.
  • Si empezáis a quedaros calvos, jodeos. No os gastéis el dinero en potingues milagrosos. Aceptarlo cuanto antes y seréis más felices.
  • El video de casa que sea VHS, nada de BETAMAX, aunque en El Corte Inglés (lo identificaréis) os digan lo contrario. Del mismo modo nada de Láser Disc o Bluray. Bagatelas.
  • En bolsa, “TERRA” NI PUTO CASO. Aunque veáis a la gente forrándose. Ya os reiréis vosotros.
  • Hacia 1999 montad una empresa cuyo servicio sea “Prevención del Efecto 2000”. No hagáis nada. El dinero vendrá solo. Luego, en los primeros días de enero la cerráis.
  • En 2010, antes del Mundial de fútbol, repetid siempre que podáis: “pues no sé, esta vez tengo una corazonada”. Os ganaréis el respeto de propios y extraños.

Para este momento estaréis muy bien situados económica y socialmente. Buscad un blog que se llama El Mundo en que vivís y haced una donación generosa. Sin preguntas. Ya veréis qué bien nos vamos a llevar todos.

La tiranía de los followers

 

Una vez en una cena de amigos se me ocurrió decir eso de que el tamaño no importa y rápidamente alguien apuntó, “otro que la tiene pequeña”.

En España siempre se ha valorado a la gente por tamaños: las tierras, el patrimonio, el coche, la tele de plasma, las novias o el caballo (ande éste o no ande).

La nueva unidad de medida de prestigio social es el número de followers en Twitter. ¡Que levante la mano quién no ha mirado cuántos followers tiene fulano o mengano para ver si le gana! ¿Nadie? ¡Ah, sí! Ahí al fondo. No, era una sombra. Nadie.

Efectivamente, el follower nos hace grandes. Hasta el punto de que hay empresas que venden paquetes de followers de otros países, otros idiomas y seguramente otras dimensiones. No te van a leer nunca, no te van a retuitear, no comentarán ninguna noticia, pero te sirven para ganar en followers al cabrón de Ramón, ya que no le ganas en el día a día.

El problema es que el número de followers no tiene límite y se puede caer (y de hecho se cae) en una espiral de reto-consecución-reto con el consiguiente riesgo de obsesión. Las metas que se establecen (voy a llegar a 500) se van descartando por otras más ambiciosas (a ver lo que tardo en llegar a 600).

Y todo ello sin tener una clara capacidad de control, pues muchas veces escapa a nuestro entendimiento qué lleva a un señor de Murcia a seguirme en Twitter.

Pero lo más llamativo es que, excepto para una minoría a la que resulta interesante lo que escribes, para tus followers eres uno más entre varios cientos, que te leerán por casualidad sin que llegues a saberlo nunca. Así pues, el número de followers en términos prácticos se queda en eso, en un número y nada más.

Voy a sincerarme, sigo a unos 800 tuiteros, leo con detenimiento a menos de 30. Sin embargo, ayudo a que unos 770 sean felices. ¡Vale, vale. Yo también os quiero!

Captar un follower pasa porque alguien pulse en la pestaña de “Seguir”. Captar un seguidor fiel implica trabajo constante y dedicado por compartir y eso no está al alcance de todos y menos de aquellos con cifras de seis dígitos en followers y cifras de uno o ningún dígito en tuits interesantes.

Al final, aunque alguno concluya que la debo de tener pequeña, prefiero mi limitado remanso de fieles con los que entablo conversaciones  bidireccionales antes que un auditorio parco que dice quererme mucho pero que podría quererme mejor.

Por cierto, soy @AntonioPamos, por si me quieres seguir.

Transiciones

 

Aquella mañana Amélie abrió la ventana sin mayor problema. Le sorprendió que el quicio no ofreciera resistencia.

Allí, ante la majestuosidad del Bosque Azul en los albores del verano cerró los ojos, tomó aire, apretó los puños y se dijo: ya nadie me quitará este momento.

Una leve brisa sacudía las hojas de los chopos que custodiaban su fortaleza, su casa. Los más cercanos se dejaban escuchar. Ahora, las ramas, tan vivas como Amélie, crepitaban con la misma fuerza que apenas unas semanas antes lo harían en cualquier chimenea mientras lo daban todo.

Sus ojos sellados entreveraban luces y sombras. Las primeras chispeaban en su retina y creaban formas caprichosas mientras las sombras las desvanecían para dar paso a nuevos bocetos.

De vez en cuando se olvidaba de respirar. Entonces exhalaba con fuerza el aire a poco de hospedarse en sus pulmones produciendo un suspiro que era placidez.

La suave corriente agitaba el cabello y entraba en un eterno ciclo de acariciar su frente, sus ojos, sus mejillas, sus orejas y perderse a su espalda para regresar de nuevo a la cara.
Ese pincel que era su pelo arrastraba las ascuas ya frías de aquellos fuegos que se creían eternos y que un día dejaron de calentar, dejaron de iluminar, dejaron de acompañar y se extinguieron.

Amélie vestía un pijama improvisado. Un anónimo dibujo infantil rompía la solemnidad inmaculada de su camiseta blanca. La proyectaba hacia el suelo un pantalón de cuadros grises y azules. Entre éste y la tarima solo sus pies, pequeños, desnudos, blancos.

No sabía cuánto tiempo llevaba así pero sí que querría mantener ese momento para siempre. Sin embargo, Amélie se movió. Se desperezaron las manos que flanqueaban sus caderas y se trasmutaron los puños insensibles en un deseo de tocar y acariciar.

Se apartó el pelo de la cara, cogió de nuevo aire que expulsó en un reincidente suspiro y se dispuso a darse la vuelta mientras se mordía el labio inferior con fuerza. Sus ojos se abrieron para recibirlo de nuevo.

El mundo seguía parado, nada existía más allá de su vista y él se lo repitió: ¿Te quieres casar conmigo?